lunes, 30 de septiembre de 2013

NO MORIRÉ VOLVERÉ A MI TIERRA QUERIDA





                                                                        


Dado que voy a presentar una poesía sobre el tema, voy a explicar una anécdota que me han contado sobre el caso.

En las tradiciones de los pueblos africanos y especialmente en muchas tribus bantúes, existe la creencia de que cuando uno muere el espíritu del fallecido ronda a su familia, para ver si se acomoda a la nueva situación y ayudarla en caso necesario.

En los habitantes de la isla de Corisco, la etnia ndowe benga, tienen esa misma tradición. Dicen que a veces el difunto, hombre muy ordenado y a veces quisquilloso, no solo ronda la casa, sino que cambia las cosas de sitio, mueve los objetos que considera que han desordenado su familia y no sigue sus hábitos y tradiciones, por lo que pone nerviosos a sus familiares.

Por todo ello cuando fallece una persona que en su vida ha tenido ese sentido tan peculiar del orden, en vez de sacarlo de casa por la puerta, rompen una pared de nipa de la casa y por ese hueco lo sacan, así mismo no van al cementerio por el camino habitual, sino que van por veredas y cambiando constantemente de dirección hasta llegar al Campo Santo. De esa forma estiman que el muerto no sabrá volver y no les incordiará en su afán de mover los objetos de la casa para conservar su idea del orden.

Fernando García Gimeno

Barcelona a 30 de septiembre 2013  




NO MORIRÉ VOLVERÉ A MI PARAÍSO VERDE

Dejamos el cuerpo descansando en la tierra,
tal vez como cenizas, o alimentando hiedra,
nuestra alma libre de peso, como pluma ligera
se posa en algo o ante una llamada vuela.

En las paredes de esa casa, dejaremos nuestro tacto,
tal vez en el jardín de flores, nuestro secreto encanto,
les recordará nuestra voz, al leer aquel libro.

El crujir de las ramas, o el rumor del viento,
será mi alma cercana, mi cariñoso aliento,
La lluvia golpeando los cristales,
será mi aviso de protegerte de males.

Habrá momentos, en que sentirás en tu piel fina,
caricias de mis dedos, que serán del amor brizna.
El arroyo paseando por su cauce estrecho
sonará como al mirarte el palpitar de mi pecho.

En energía mutamos nuestro cuerpo pesado,
podemos volar, nadar, andar sin quedar agotados,
durante un tiempo velamos por los nuestros,
hasta verlos normalizar su vida, sus gestos,
mi alma, entonces como viajero africano,
agitará para decir adiós con la mano y volverá a su tierra,
 a su selva calurosa a transformarse en árbol u otra cosa.

Verso 29.07.2012, recuperado que había perdido

25 de septiembre de 2013 

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