viernes, 11 de mayo de 2012

FERNANDO EL AFRICANO-NOVELA-VIII




En 1859, siendo nombrado nuevo gobernador el brigadier don José de la Gándara, llegó una expedición numerosa, compuesta de 128 colonos, casi todos valencianos, además de otros cuatro misioneros, que se sumaron a los españoles habitantes de la colonia, y a los europeos que componían la fuerza militar que estaba ubicada en los barcos que iban turnándose en las aguas de la bahía de Santa Isabel. El hábito de sustituir una fuerza estable en tierra firme por una tropa naval, ya venia siendo utilizada por los ingleses en el tiempo que estuvieron en la Isla. En ellos existía la razón que precisaban dos o tres navíos constantemente en la zona para perseguir a los barcos que traficaban con esclavos, pero en el caso de España tal vez la explicación estaba en la seguridad propia de la tropa al ser fácil proteger un barco de guerra en el que acceder al mismo solo se podía hacer a través de una escalera extensible y la facilidad de desplazar el dispositivo militar a cualquier zona con rapidez y seguridad. En aquel entonces entre las dos ciudades más importantes de la Isla lo que hoy son Malabo y Luba no existía carretera, según manifiesta el periodista Francisco Madrid en su libro escrito en 1933 La Guinea Incógnita, ni camino forestal transitable y las barcas de vela o remo con las que se hacían los desplazamientos entre las dos ciudades, precisaban veintitrés horas a veces, para hacer el viaje de escasos cincuenta kilómetros de costa. Con los navíos se lograban en menos tiempo pero sobre todo se garantizaba la posibilidad del desplazamiento al no haber una ruta regular. El primero que regularizó ese trayecto con una lancha a motor fue Maximiliano Jones el prócer negro de San Carlos.


Dada la fama de insalubre que tenía la zona, se nombró a dos capitanes para las fuerzas, por si fallecía uno, tener sustituto al momento. Al cabo de un año de la llegada de los colonos quedaban tres de los 128 que llegaron, y de los capitanes nunca se habló. Equivocadamente a los colonos los dedicaron a trabajos duros del campo, que con aquel clima no podían soportar, en vez de llevarlos a Basilé, Musola u otras zonas de la isla, cuyas temperaturas son suaves y su clima es más parecido al peninsular.

Independiente de que como se demostró más tarde el europeo debía dedicarse a organizar, enseñar y dirigir el trabajo agrícola, pero ser ejecutado por el africano, aclimatado y en general con mayor capacidad física, y su adaptación a las enfermedades locales. Agravó mucho más la circunstancia de no haberles provisto de casas adecuadas y con la suficiente profilaxis para combatir las malarias, insolaciones, filarias, hepatitis, etc.

El 6 de mayo de 1882, dada la renuncia de los jesuitas a su labor misionera en esa zona de África y la muerte por enfermedad de los sacerdotes enviados, el superior general de la nueva orden fundada por el padre( hoy santo) Antonio María Claret, de misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, solicitó autorización al Gobierno de su Majestad para la instrucción, moralidad y salvación de aquellos habitantes, y que facilitara los medios indispensables para tal efecto, en los territorios de Guinea Española. Siéndole concedido tal permiso, con una aportación de 4.000 pesetas por sacerdote y 2.000 por hermano coadjutor. Aclaro que se trata de aportación anual.


En aquellos tiempos, dada la situación de la isla, su seguridad, y características de flora y fauna, era territorio visitado por botánicos, exploradores, y científicos como don Antonio San Martín y Montes que en 1867 publicó un estudio topográfico-médico sobre Fernando Poo, después de estar casi un año sobre el terreno estudiando las pandemias. Uno de los más significados fue el explorador Iradier, que recién casado con 30 años, consigue la ilusión de su vida, viajar a África junto con su mujer y su cuñada dos aventureras como él en el buen sentido de la palabra. Recorrió la zona, especialmente la zona continental y las islas de Elobey, y Corisco, sus viajes duraron desde 1875 a 1877. Vuelto a Madrid, intentó convencer al Ministerio de Ultramar de la necesidad de estudiar y expansionarse en aquel territorio que no estaba delimitado por lo que podría extenderse el dominio del mismo hasta la desembocadura del Níger. El mismo David Livingstone consideraba Fernando Poo la llave de esa zona. Los intentos de Iradier para un nuevo viaje, cuyo presupuesto era de 20.000 pesetas, sólo encontraron eco en la Sociedad Geográfica de Madrid. Al fin, en 1884, siete años de lucha en los Ministerios logró el apoyo necesario. En esta ocasión, como la anterior, dedicó sus esfuerzos a la zona de Río Muni, estableciendo cartografía y estudios botánicos de la zona. Estos viajes fueron continuados por Montes de Oca y Osorio. Sobre esta segunda expedición cuenta en la biografía de Manuel Iradier, el escritor Ángel Martinez Salazar, una anécdota, muy graciosa y que no puedo menos que mencionarla:

Llegados a Elobey, partieron para Cogo, en el estuario del Muni , al llegar a Punta Botica se les presentó Gaandu el rey cocodrilo, un verdadero diplomático, un mentiroso de siete suelas, un tuno rebozado- en palabras de Iradier-que tanto pronto es francés, como inglés, español, como alemán. Llegan los españoles y exhibe una carta de nacionalidad española que despliega con cuidado al pie de nuestra bandera; llegan los franceses y esconde el documento y el pabellón de Castilla bajo siete estados de tierra, pero en cambio saca no sé de donde una bandera francesa y alega no tener documentos en francés porque los que poseía se los han comido las ratas.

Gracias a estas exploraciones de Iradier y Osorio, que justificarían en las negociaciones nuestra presencia en ese entorno, mitigarían las apetencias de los franceses, ingleses y alemanes que estaban ocupando toda esa zona con navíos militares, y estableciendo factorías, fuertes o destacamentos con el fin de reclamar su propiedad. Estos exploradores españoles, trabajando desde un plano privado no representando al Gobierno o en una misión del mismo lograron salvar un porcentaje de un diez por ciento de lo que nos habían adjudicado, evitando el perderlo todo.

De resultas de estos estudios, en 1884, para dar testimonio internacional de la presencia española estable en los territorios del continente ecuatorial africano, vistas las apetencias colonialistas hacia esas zonas de franceses y alemanes, el presidente del Consejo del Gobierno español, don Antonio Cánovas del Castillo, encargó al misionero padre Xifré de colocar misiones en todas las posesiones, especialmente en las que nunca se habían concretado, para ello con casas prefabricadas en Liverpool, se envió una expedición de nueve padres, diez hermanos y las cinco primeras misioneras a dichos territorios. No hay que olvidar que los misioneros, además de la fe, llevaban la enseñanza de la lengua y la cultura española, y en este caso justificaban el dominio español sobre la zona, ejerciendo una labor medio militar y diplomática. Algún familiar del presidente del gobierno estuvo por esas tierras, ya que en el libro de Leyes Coloniales de Agustín Miranda Junco, aparece en el escalafón del personal de la colonia el cese en 1918, tras cerca de cinco años de servicio del funcionario don Francisco Canovas del Castillo y Tejada.