miércoles, 19 de septiembre de 2012

FERNANDO EL AFRICANO- NOVELA XXXVI


                                                      Alumnos de Curso en el Instituto Colonial
                                                de Enseñanza Media Ramiro Maeztu 1944/1945              

Un domingo, único día que no se trabajaba nuestros padres organizaron una excursión a la casa de un conocido, aprovechando que era la época de sequía, que no quiere decir que no llueva nunca, sino que llueve menos, fuimos por la carretera de San Carlos (Luba) hasta cerca de Sampaka y allí a la derecha por caminos pertenecientes a otras plantaciones llegamos hasta la finca Mercedes (también llamada Montero), situada en la amplia bahía de Venus. Era una plantación administrada por la firma Sumco propiedad de Enrique Roselló, empresa en la que trabajaban mi hermano Salvador y mi tío Arturo Paz. Su encargado era un señor mayor muy simpático, llamado Santiago Sancho. Como hasta octubre no tenía que volver al Instituto, me invitó a quedarme unos días con él. Era un hombre muy extrovertido y en esas plantaciones se pasaban a veces semanas sin ver a ningún europeo para charlar, siendo el personal casi todo nigeriano; el buen señor Sancho no dominaba el pichinglis, un mistificación del inglés, con otras lenguas, único dialecto con el que se podía entender con ellos, aunque lo hablaba para entenderse en lo esencial. Decidí quedarme animado al haberme traído la escopeta de aire comprimido, comentándome el señor Sancho que había mucha caza en la finca. La casa era la clásica que se construía para estos fines, de una sola planta rodeada de amplia terraza de unos cinco metros de anchura bordeando la misma, lo que permitía entrar el aire a raudales y tener ventiladas las estancias, y que a las mismas no les llegara el calor del sol, cuatro habitaciones, salón, un solo servicio y cocina. En el salón lucía un piano cuyas teclas no habían sido pulsadas hacía tiempo. Toda la edificación estaba levantada sobre el suelo con pilares de hormigón, lo que la aislaba del mismo, para evitar la humedad, los bichos y posibles inundaciones, y era necesario ascender a ella por una amplia escalera de doce escalones, en esa terraza se curaba a los enfermos o se les daba medicamentos tipo ambulatorio, se pagaba las nóminas y el señor Sancho los atendía en sus pequeñas reclamaciones o conflictos personales en que el actuaba de juez de ambas partes, y salvo excepciones acogían su dictamen como final.


Por la mañana bajé a la playa desde la que se divisaba la finca Mongola de la compañía portuguesa Cunha Lisboa, cercana a Punta Europa, kilómetros de arena solitarios, con miles de palmeras rindiendo tributo inclinadas hacia el mar, como si de un Dios pagano se tratara, a quien era obligación el culto de la sumisión. Ello en parte era debido a que la acción de agua iba socavando el firme que rodeaba la raíz de las palmeras, obligando a los troncos a inclinarse ante el derrumbe de la parte de tierra que estaba cercana al mar. Como señores de la playa graznaban bandadas de cuervos, cuyas alas negras destacaban en las arenas claras pero no blancas de la costa. Si vas armado con una escopeta estos pájaros, en cuanto te ven salen huyendo, en cambio cuando llevas un palo simulando una escopeta te dejan acercarte, casi tocarlos, y con impertinencia van dando una especie de saltos de canguro delante de ti a medida que te acercas, pero renunciando a volar, huir u otra claudicación a tu provocación, es algo que en principio te irrita su tomadura de pelo, pero después lo encuentras gracioso e interesante, de que sepan distinguir entre un palo o una escopeta, o tal vez tu forma de comportarte, por otra parte en esas playas tan solitarias, en que te pasas horas sin otear a nadie, es un compañero con el que pasear, comentar los asuntos, y con el que no discutes nunca. Un montón de cocos verdes en su cobertura flotaba como pequeñas embarcaciones en el azul del agua, como si algunos bañistas por descuido, se hubieran dejado su salvavidas. Enormes troncos estaban varados en la arena como pateras llegadas de un desconocido país que depositó en tierra un desembarco de piratas, una tropa armada o lujúa–, como dicen los bubis. Me detuve un momento en que como en un escenario pasaron todas esas escenas casi reales por mi pensamiento. Me quité las botas, con ellas en la mano fui caminando sintiendo el frescor del Atlántico que las suaves olas lanzaban sobre mis pies. Hacia la derecha desembocaba el río Sampaka, en su orilla izquierda; encarando la playa, descubrí las blancas casas o barracones individuales, como les llamamos en esa zona, del personal de la finca; unos doscientos braceros nigerianos, principalmente calabares, igbos ogonis y algún yoruba, estaban junto al río, frente a los mismos en un embarcadero perfectamente construido; se encontraban amarrados cayucos de diferentes esloras, algunos capaces de transportar treinta personas. Mucha compra de la que necesita la gente de la plantación, la traían por mar, tales como ropa, bebidas, etc., desde el puerto de Santa Isabel, o la playa de Carboneras. Un enorme mango daba sombra a parte de las viviendas; en sus ramas, miles de gorriones en una sinfónica apoteósica mostraban a saltos y vuelos sus gordos cuerpos de un amarillo rabioso, donde los machos lo mezclaban con un negro carbón en su cabeza como un sombrero y las hembras más comedidas, un amarillo suave y de un solo tono. Cuando me autorizaron a utilizar la escopeta de cartuchos, recuerdo que sin apuntar disparaba con perdigón del ocho, a las ramas de este mango, y caían tres o cuatro gorriones muertos, lo que ponía muy contentos a los trabajadores de la finca, que se los comían fritos o los incorporaban a sus guisos. Para el africano salvo sus tabúes tradicionales, come lo que le echen, desde insectos, roedores, incluso en algunos aspectos es necrófago, prueba de ello es que aún hoy en día se da el caso de que conserva ciertos órganos de un muerto y se los comen. La antropofagia se ha perdido salvo en ritos muy limitados, y ya se ha olvidado aquello que cuentan que una autoridad francesa al llegar a un poblado, quiso informarse si se había terminado esa costumbre, y le contestaron : Si mi capitán ayer nos comimos el último antropófago.

No hay que olvidar que en tiempos muy cercanos a la Independencia de Guinea, Idi Amin Dada en Uganda y el “emperador” de la República Centro Africana Jean Bédel Bokassa atendían a sus invitados con caviar mezclado con carne humana, especialmente los genitales de jovencitos que no faltaban nunca en sus frigoríficos. Aclarando que estas demenciales actitudes de los dirigentes no tienen ningún punto común con el pueblo al que en muchos casos le falta el agua y el mijo( garí) su pan.

Subí entusiasmado de mi correría, y el señor Sancho, sonriente cogió su garrota que necesitaba para andar dada su artrosis y me propuso bajar nuevamente a la cercana zona de viviendas. Al llegar me mostró un cayuco pequeño, muy liviano, fácil de transportar arrastrándolo, especialmente diseñado para un solo ocupante, ofreciéndomelo para mi uso exclusivo, lo que me hizo sentirme importante como jamás me había sentido, al poder tener una embarcación totalmente a mi servicio, así que en aquel momento mi imaginación se colapsó con aventuras en el río y en el mar, con aquella embarcación, que para mí casi era una fragata o un barco de gran tonelaje capaz de surcar los mares tormentosos y bravíos de todo el mundo. Llamó a un capataz del que dependía la responsabilidad de las embarcaciones, comunicándole la autorización para que ese cayuco quedara a mi disposición.

Con la ilusión de una nueva aventura por el cauce del río que a mí me parecía totalmente salvaje, a la mañana siguiente busqué en el almacén donde se guardaban los remos, uno adecuado a mi fuerza, ya que había algunos que se usaban como timón, que de tan pesados, me era imposible de levantar, por fin encontré uno pequeño y de un peso adecuado para bogar, así inicié mi exploración remontando el curso, teniendo a veces que arrastrar la embarcación por desniveles y piedras que impedían su navegación normal; por otra parte, la vegetación dificultaba, a veces, ver a distancias muy cortas extendiendo su fronda por encima de mi cabeza, de tal forma que no veía el cielo.

Grandes peces que habían entrado con la subida de la marea saltaban, mostrando sus cuerpos plateados, rojizos algunos, que aquí les llaman colorados, deslizándose a mi vista, en las sombras proyectadas por los árboles que nos envolvían; los movimientos de esos peces se tornaban tiburones en mi imaginación, que querían volcar mi cayuco para devorarme. A medida que remontaba el río, el agua se tornaba dulce por la menor penetración del agua del mar, y las piedras del río iban creando diques y defensas. Mi temor se iba diluyendo en cuanto a tiburones, pero aumentaba en cuanto a serpientes y otros animales, ya que el cauce se estrechaba y la vegetación se tornaba más espesa, como si fuera construyendo una cárcel de barrotes verdes. Todo eran hojas, lianas, hasta los troncos de los grandes árboles estaban forrados de verde como si los fueran a vender en unos grandes almacenes. La coral sinfónica del lugar : trinar de pájaros, crujir de ramas, silbidos de ardillas, chapoteo de objetos al caer en el agua, escarabajos, grillos, gorgojos, iguanas, todo ello me advertía de la ausencia de todo ser humano en las inmediaciones, lo que significaba que si tenía un percance, el salir de él, era de mi entera responsabilidad e iniciativa.

Cayó una víctima, que al ser con una escopeta de aire comprimido, el mérito era mayor; fue una garza, ave no muy normal en la isla. Estaba descuidada en una rama, estirando su largo cuello, pero no lo estiró lo suficiente para observar a su enemigo, que llegando a pocos metros de la rama, disparé con alevosía sobre el noble pájaro, que como una piedra se precipitó en las cristalinas aguas, donde lo capturé con cierta pena, pero con la emoción de tener un nuevo trofeo del que dar cuenta a mis compañeros de colegio cuando volviera a Santa Isabel. Por la noche el cocinero nos hizo sopa con ella, la carne no me atreví a comerla, la sopa era aceptable, aunque como sopa africana tenía más gusto a picante que a otra cosa, pero sirvió para descargar mi conciencia, de que mi presa hubiera servido para un fin culinario.

    Fernando García Gimeno - Barcelona a 9 septiembre 2012

No hay comentarios: